30 de junio de 2011

CON PEDIDO DE PUBLICACIÓN

ALGO MÁS QUE PALABRAS

LA PROFESIÓN VETERINARIA

Los animales son la obra de arte de los veterinarios. El profesional que pone en práctica esta ciencia, debe llegar a tomar conciencia de lo que representan las especies como parte integral de las maravillas de la creación. Y aunque el hombre en multitud de ocasiones ha hecho del planeta más bien un infierno para los animales, confundiendo el uso con el abuso, pienso que ha llegado el momento de poner orden y hacer justicia. No podemos seguir por este camino destructor. Por eso, considero, aparte de una gozosa noticia también un cabal detalle, celebrar en todo el mundo, con todo el mundo, la profesión veterinaria, y por ende la defensa del mundo animal; una órbita de reinos que forma parte de nosotros, con los que convivimos y nos desarrollamos.

A propósito, hagamos historia de cómo despuntó la ciencia y se tomó razón de prevenir, diagnosticar y curar las enfermedades. Sabemos que la primera escuela veterinaria del mundo fue fundada en la histórica capital de la seda, Lyón, en 1761, y fue seguida inmediatamente por la de Alfort, cerca de París, en 1764, ambas por iniciativa de Claude Bourgelat y el deseo del rey de Francia, Luis XV, preocupado por una enfermedad que afectaba al ganado. Evidentemente nace por una preocupación hacia nosotros mismos. Por consiguiente, este año en el que celebramos el 250 aniversario de la enseñanza veterinaria en el mundo, bien merece recuperar el amor a los animales, que es también recuperar el amor a la vida. Sin duda, estudiando la biología y la patología del animal, hoy se puede entender mejor la del ser humano.

Saben bien los veterinarios que el reino animal nos devuelve con creces nuestro cariño vertido hacia ellos. Es verdad que todo en esta máquina del universo se mueve por afectos y las bestias, motivadas por ese instinto de servicio al hombre, no iban a ser menos. Sin embargo, el hombre que es un animal racional, no siempre ha sido un animal razonable para con los animales. Por ejemplo, olvidamos con bastante frecuencia que para mantener el equilibrio ecológico básico del planeta no sólo hay que cuidar el ganado y los cultivos en tierras agrícolas, sino también los muchos miles de plantas y animales de los bosques, mares y otros entornos. En esta tarea tienen que estar los profesionales de la veterinaria, porque se lo requiere su profesión; pero también debemos estar cada uno de nosotros, porque nos lo requiere el sentido estético del orbe.

Este año marca también el 300 aniversario de la elaboración de medidas de lucha contra la peste bovina por parte de Bernardino y Ramazzini y Giovanni Maria Lancisi, cuyo acertadísimo eslogan es: "Veterinario para la salud, la alimentación y el planeta". Es público y notorio que la medicina veterinaria ha contribuido a un mejor bienestar de los humanos, erradicando enfermedades gestadas por las propias bestias. En consecuencia, es de agradecer que cada día sean más los veterinarios que trabajan, con gran profesionalidad y a destajo, en el tajo del mundo, por eliminar la multitud de enfermedades infecciosas y parasitarias que afectan a los animales domésticos y a la fauna silvestre, además de trabajar en otras cuestiones de sanidad pública veterinaria.

Si queremos un mundo saludable es fundamental cuidar de los animales. Todos los veterinarios lo dicen. El animal tiene que estar sano para producir un alimento sano. Consecuentemente, es una necesidad global y globalizadora custodiar el cosmos de los bichos. La ciencia veterinaria, a la que le avala una gran historia de logros en favor de las especies, a mi juicio tiene que tomar un mayor protagonismo en los tiempos actuales y liderar la gestión para el mejoramiento de la seguridad, higiene y calidad de los alimentos. Esto debe considerarse prioritario y la medicina veterinaria debe propiciar los controles precisos y necesarios para asegurar la calidad de los productos alimenticios de origen animal. De lo contrario, estaremos actuando irresponsablemente.

A mi manera de ver, resulta incuestionable la función sanitaria del profesional veterinario. Téngase en cuenta que es el principal profesional responsable del recurso animal, lo que exige a cada país una mayor implicación en el fomento y desarrollo de las ciencias veterinarias, así como una mayor sensibilización por problemas relacionados con la salud animal y humana. Estos aniversarios, por tanto, deben servirnos para descubrir la necesaria actividad veterinaria como médico de los animales y defensor de su bienestar, y también como recurso humano clave en la salud pública mundial. Por desgracia, no es la primera vez que la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), advierte a diversos países sobre la urgencia de restablecer unos servicios veterinarios eficaces para proteger de las epidemias tanto al ganado como a la población. En algunas naciones carecen hasta de normativas para la prevención y el control de enfermedades en animales, en otras de recursos y capacitación personal. La crisis no puede afectar a algo tan primordial como es la salud de los ciudadanos.

Bravo, pues, por engrandecer la profesión veterinaria. El mundo precisa más que nunca de la mano especializada en sanidad animal. A veces es bueno recordar hechos para no bajar la guardia, me viene a la memoria el virus de la gripe aviar que se propagó rápidamente tras su primera aparición en 2003, pero una pronta respuesta internacional permitió frenar la enfermedad. Desde luego, el control de las enfermedades de los animales es un elemento indispensable para prevenir las infecciones humanas y reducir la probabilidad de una pandemia. Sirva, pues, este homenaje a los veterinarios para reconocer su labor, pero también para reflexionar todos nosotros. En cualquier caso, los gobiernos de los Estados tienen que prever y proveer que el mundo está preparado para combatir cualquier enfermedad que amenace la seguridad de la raza humana. Es lo mínimo que se puede pedir.

Víctor Corcoba Herrero/ Escritor

corcoba@telefonica.net

26 de junio de 2011

CON PEDIDO DE PUBLICACIÓN

ALGO MÁS QUE PALABRAS

LA PROFESIÓN VETERINARIA

Los animales son la obra de arte de los veterinarios. El profesional que pone en práctica esta ciencia, debe llegar a tomar conciencia de lo que representan las especies como parte integral de las maravillas de la creación. Y aunque el hombre en multitud de ocasiones ha hecho del planeta más bien un infierno para los animales, confundiendo el uso con el abuso, pienso que ha llegado el momento de poner orden y hacer justicia. No podemos seguir por este camino destructor. Por eso, considero, aparte de una gozosa noticia también un cabal detalle, celebrar en todo el mundo, con todo el mundo, la profesión veterinaria, y por ende la defensa del mundo animal; una órbita de reinos que forma parte de nosotros, con los que convivimos y nos desarrollamos.

A propósito, hagamos historia de cómo despuntó la ciencia y se tomó razón de prevenir, diagnosticar y curar las enfermedades. Sabemos que la primera escuela veterinaria del mundo fue fundada en la histórica capital de la seda, Lyón, en 1761, y fue seguida inmediatamente por la de Alfort, cerca de París, en 1764, ambas por iniciativa de Claude Bourgelat y el deseo del rey de Francia, Luis XV, preocupado por una enfermedad que afectaba al ganado. Evidentemente nace por una preocupación hacia nosotros mismos. Por consiguiente, este año en el que celebramos el 250 aniversario de la enseñanza veterinaria en el mundo, bien merece recuperar el amor a los animales, que es también recuperar el amor a la vida. Sin duda, estudiando la biología y la patología del animal, hoy se puede entender mejor la del ser humano.

Saben bien los veterinarios que el reino animal nos devuelve con creces nuestro cariño vertido hacia ellos. Es verdad que todo en esta máquina del universo se mueve por afectos y las bestias, motivadas por ese instinto de servicio al hombre, no iban a ser menos. Sin embargo, el hombre que es un animal racional, no siempre ha sido un animal razonable para con los animales. Por ejemplo, olvidamos con bastante frecuencia que para mantener el equilibrio ecológico básico del planeta no sólo hay que cuidar el ganado y los cultivos en tierras agrícolas, sino también los muchos miles de plantas y animales de los bosques, mares y otros entornos. En esta tarea tienen que estar los profesionales de la veterinaria, porque se lo requiere su profesión; pero también debemos estar cada uno de nosotros, porque nos lo requiere el sentido estético del orbe.

Este año marca también el 300 aniversario de la elaboración de medidas de lucha contra la peste bovina por parte de Bernardino y Ramazzini y Giovanni Maria Lancisi, cuyo acertadísimo eslogan es: "Veterinario para la salud, la alimentación y el planeta". Es público y notorio que la medicina veterinaria ha contribuido a un mejor bienestar de los humanos, erradicando enfermedades gestadas por las propias bestias. En consecuencia, es de agradecer que cada día sean más los veterinarios que trabajan, con gran profesionalidad y a destajo, en el tajo del mundo, por eliminar la multitud de enfermedades infecciosas y parasitarias que afectan a los animales domésticos y a la fauna silvestre, además de trabajar en otras cuestiones de sanidad pública veterinaria.

Si queremos un mundo saludable es fundamental cuidar de los animales. Todos los veterinarios lo dicen. El animal tiene que estar sano para producir un alimento sano. Consecuentemente, es una necesidad global y globalizadora custodiar el cosmos de los bichos. La ciencia veterinaria, a la que le avala una gran historia de logros en favor de las especies, a mi juicio tiene que tomar un mayor protagonismo en los tiempos actuales y liderar la gestión para el mejoramiento de la seguridad, higiene y calidad de los alimentos. Esto debe considerarse prioritario y la medicina veterinaria debe propiciar los controles precisos y necesarios para asegurar la calidad de los productos alimenticios de origen animal. De lo contrario, estaremos actuando irresponsablemente.

A mi manera de ver, resulta incuestionable la función sanitaria del profesional veterinario. Téngase en cuenta que es el principal profesional responsable del recurso animal, lo que exige a cada país una mayor implicación en el fomento y desarrollo de las ciencias veterinarias, así como una mayor sensibilización por problemas relacionados con la salud animal y humana. Estos aniversarios, por tanto, deben servirnos para descubrir la necesaria actividad veterinaria como médico de los animales y defensor de su bienestar, y también como recurso humano clave en la salud pública mundial. Por desgracia, no es la primera vez que la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), advierte a diversos países sobre la urgencia de restablecer unos servicios veterinarios eficaces para proteger de las epidemias tanto al ganado como a la población. En algunas naciones carecen hasta de normativas para la prevención y el control de enfermedades en animales, en otras de recursos y capacitación personal. La crisis no puede afectar a algo tan primordial como es la salud de los ciudadanos.

Bravo, pues, por engrandecer la profesión veterinaria. El mundo precisa más que nunca de la mano especializada en sanidad animal. A veces es bueno recordar hechos para no bajar la guardia, me viene a la memoria el virus de la gripe aviar que se propagó rápidamente tras su primera aparición en 2003, pero una pronta respuesta internacional permitió frenar la enfermedad. Desde luego, el control de las enfermedades de los animales es un elemento indispensable para prevenir las infecciones humanas y reducir la probabilidad de una pandemia. Sirva, pues, este homenaje a los veterinarios para reconocer su labor, pero también para reflexionar todos nosotros. En cualquier caso, los gobiernos de los Estados tienen que prever y proveer que el mundo está preparado para combatir cualquier enfermedad que amenace la seguridad de la raza humana. Es lo mínimo que se puede pedir.

Víctor Corcoba Herrero/ Escritor

corcoba@telefonica.net

26 de junio de 2011

CON PEDIDO DE PUBLICACIÓN

MÁS QUE PALABRAS

LA FIDELIDAD A UNO MISMO

Lo peor que le puede pasar a una especie es que se desvincule de la lealtad para consigo mismo y tome una actitud de engaño y de traición permanente, que es lo que hoy se lleva para desgracia de todos. Es terrible que el ser humano no se pueda fiar de su propio ser humano. Vivimos en el chisme permanente, en la fábula de los embustes. La sociedad está apuñalada por los embusteros. La palabra dada es un envoltorio vacio en una cultura mediocre a más no poder que simula la verdad permanentemente. Pueden ser muchos los pactos y los compromisos que se adquieran, y de hecho se hacen, pero si la fidelidad no se cultiva de manera auténtica, porque al fin y al cabo es una actitud creativa, difícilmente se van a cumplir las promesas que se lancen. Ya se sabe que las palabras que no van seguidas de veracidad, es un sinsentido sembrarlas; aparte de que pueden hacer mucho daño, también deshacen confianzas ganadas.

Uno tiene que ser fiel a uno mismo para crecer como persona y no caer en la bajeza de un charlatán. La fidelidad que uno se done para sí, también es la medida de la fidelidad que se dona al otro. Esto sólo se consigue si nos miramos con los ojos del corazón. El mundo arde en violentos enfrentamientos que nos impiden ver la franqueza de los labios que son sinceros. Por suerte, aún cuando nuestra fidelidad haya decaído, no por eso se tambalea la fidelidad innata que mueve el universo en el que nos movemos y vivimos. Es cuestión de pararse, de tomar aliento, y de ver, que a la hora de la verdad, lo único que nos conmueve es la sinceridad. La hipocresía es el colmo de todas las maldades, dijo Molière.

Ciertamente, sólo en un mundo de personas sinceras es posible mantener la unión. Y consecuentemente, ser fiel a la verdad nos interesa a todos, por esa unidad que vierte el planeta por todos sus costados. Una cultura no alcanza su plena madurez sino suma fidelidades a los valores humanos. Asimismo, las relaciones internacionales entre países son inseparables de la fidelidad a los valores democráticos, a los derechos humanos, a la no discriminación y a la igualdad efectiva entre las mujeres y los hombres de todo el planeta. En suma, los moradores de este mundo se deben fidelidad, que es tanto como decir, honradez. El mejor de los avances. ¿Qué importa saber lo qué es un camino si no se sabe lo que es un caminante honrado?

Se precisan, pues, personas capaces de medir verazmente un derecho por su deber. Desde luego, la calidad de una relación social se ve en la fidelidad al ser humano como tal. Claro está, hablamos de una fidelidad verdadera, encaminada al servicio del bien, no de una caricatura de fidelidad deformada, cuya lealtad puede ser a la avaricia, al robo, al crimen. En cualquier caso, la mejor manera de avivar la fidelidad es que cada cual lo sea antes consigo mismo y después lo será, sin duda, con sus semejantes. Hablamos de ajustarnos a las finanzas, pero obviamos la dimensión ética, que es la que nos reajusta los dislates. Hablamos de que no está el gozo en dar, sino en saber donarnos y las decepciones nos matan. Hablamos.... por hablar, tantas veces, demasiadas veces.

Víctor Corcoba Herrero/ Escritor
corcoba@telefonica.net
29 de junio de 2011

15 de junio de 2011

CON PEDIDO DE PUBLICACIÓN

ALGO MÁS QUE PALABRAS

LOS SALVAJES

Se dice sobre aquella planta no cultivada, que es una planta salvaje. También se habla sobre aquella fiera o animal salvaje, ya viva en naturaleza o en cautividad, cuando no se puede domesticar. Aplicado a los seres humanos, el salvajismo define un estadio pobre de evolución cultural, que no ha pasado la página de la barbarie. Nos hace falta, pues, despojarnos la irracionalidad que llevamos consigo y tomar la alternativa del sentido común, que no es otro que el de la razón, el punto clave que nos diferencia de los animales y nos hace personas.

El mundo, desde luego, necesita servir a la razón y no a la selva. Para ello, la ciudadanía tiene que cultivarse mucho más y saber utilizar esa sabiduría con la honestidad de la sencillez. Por otra parte, la actitud de docilidad no lleva implícita la manipulación, sino el deseo de comprensión y un sentimiento que nos conduce a ser más tolerante. Hay que ser dóciles pero también firmes en los principios, luchadores contra los abusos. Ciertamente, son muchas las personas que a diario se enfrentan a la salvaje inhumanidad, que piden nuestra ayuda, pero no obtienen respuesta. Es el efecto de una selva inventada por algunos y consentida por otros, en la que no se alimenta la vida interior, y consecuentemente, nadie conoce a nadie.

El poder no puede estar en manos de los salvajes, que en lugar de iluminar el intelecto, lo distraen a su egoísmo; que en lugar de sembrar la verdad, la intoxican; que en lugar de reforzar los valores humanos, los vacían de contenidos. Lo cruel del panorama radica en que hasta la violencia encuentra sus seguidores y aduladores. Es patente que en el territorio de los salvajes se rompen las relaciones humanas, al tiempo que se avivan actitudes marcadas por el odio y la venganza, el desprecio y la crueldad, la tortura y el tormento.

Hay lugares y culturas donde los niños y las mujeres están discriminados e infravalorados como nunca. La preferencia por hijos varones es otra de las presiones que sufren multitud de mujeres. De igual modo, la desbordante explotación sexual tampoco la detiene nadie. Ante estas trágicas realidades, pienso que ha llegado el momento de plantarse y de pedir más educación en el mundo como instrumento de prevención de las locuras inhumanas.

Se debe salir de la selva y del pedestal de los salvajes, mejor hoy que mañana, puesto que el daño es tremendo. Cuando se destruye el espíritu humano es muy complicado salvar la civilización. El estado normal del individuo tiene que dejar de ser la contienda, y pasar a ser el de la realización humana y social. Tenemos que establecer el final de los salvajes, el final de los inhumanos. Para acabar es necesario verse de cerca y cultivar la cercanía del corazón. En todo caso, la justicia, por muchos salvajes que ostenten el poder, siempre se defiende más con la conciencia que con las armas. Juzgarnos a la luz de las leyes innatas siempre despierta un fondo de humanidad que todos llevamos dentro.

Víctor Corcoba Herrero/ Escritor

corcoba@telefonica.net

15 de junio de 2011

12 de junio de 2011

CON PEDIDO DE PUBLICACIÓN

ALGO MÁS QUE PALABRAS

EL MALTRATO COMO DESHUMANIZACIÓN

A poco que miremos a nuestro alrededor nos daremos cuenta que el mundo precisa del fermento de una nueva cultura, capaz de avivar el respeto hacia el ser humano. Sabemos bien que cohabitan formas de cultura que agreden los derechos de las personas y que, por muy arraigadas que estén en las tradiciones de los pueblos, deben cesar de inmediato. ¿Por qué permitir expresiones culturales que nos deshumanizan? ¿Qué derecho tiene un ser humano de golpear a otro ser humano?. La intervención social tiene que ser urgente y aplicada de raíz. Debemos caminar cuanto antes hacia una sociedad abierta a todas las edades y géneros, franca con todas las culturas. Sí en verdad nos duelen los numerosos abusos que a diario se cometen contra la infancia, contra los jóvenes y mayores, debemos ser los primeros en hacer valer sus derechos, mediante una auténtica cultura de estima y de acogida hacia toda vida humana. Se trata de generar una conciencia social globalizadora en la que todos debemos estar implicados. Téngase presente que una humanidad sólo se crece si se dignifica a sí mismo y ensimismo, sin perjudicar la libertad ajena.

Quien es digno, asume la obligación de ser lo que es y se reconoce libre porque sabe dominarse. No admite que le dominen por dominio, sino por ideas desnudas de intereses. Esta es la cultura que se ha de fortalecer, aquella que nos dignifique como sujetos de la especie con alma. Todos tenemos, pues, la responsabilidad de promover la dignidad humana de las vidas maltratadas y de abogar por su liberación y porque reciban un apoyo humano incondicional. Por desgracia, tratar mal a una persona, menoscabarla, echarla a perder, se ha convertido en algo permanente que no está obteniendo respuesta eficaz por parte de la ciudadanía. Cuando la persona no es dignificada por la propia sociedad, difícilmente puede actuar la justicia social por mucho que se hable de ella. Dicho lo anterior, convendría preguntarse: ¿quién considera al prójimo como "otro yo"?. Ciertamente, el día que se active la cultura del deber de hacerse prójimo de los demás, el comportamiento será verdaderamente fraterno. Por el contrario, sí este camino no se toma, las actitudes de soberbia y de egoísmo seguirán humillándonos, para dolor de todos.

Uno tiene que considerarse, y que le consideren persona, para llegar a ser alguien. Aprendemos a vivir cuando encontramos a la persona que ama la vida. Aprendemos a amar cuando encontramos a la persona que nos ama. Aprendemos a ser nosotros mismos cuando somos capaces de discernir. Lo maravilloso de aprender es que nadie puede quitarnos lo aprendido, para bien o para mal. Al venir al mundo necesitamos de nuestros semejantes. Pero los demás, o sea la sociedad en su conjunto, hace bien poco por esos niños y niñas que son víctimas cada año de violencia dentro de sus hogares, espacio que debiera ser de protección de afecto y de resguardo de sus derechos. Por otra parte, en todo el planeta se disparan las estadísticas de víctimas de abusos sexuales en la infancia. El maltrato infantil es tan común, que se ha convertido en un flagelo global con graves consecuencias que duran toda la vida. Lo mismo sucede con el maltrato a las mujeres. ¿Habrá algo más degradante que usar la violación como arma de guerra?. O con el maltrato a los mayores, a las personas ancianas, que es también otra contienda global, que sólo se podrá prevenir si se desarrolla una cultura que favorezca la solidaridad intergeneracional y que rechace la violencia.

Los hechos son los que son, y es verdad que nos deshumaniza el aluvión de maltratadores que rechazan el valor y la dignidad del ser humano como tal, pero también nos deshumaniza la complicidad de una cultura permisiva, que hace bien poco o nada, por exterminar la cultura de intolerancia y abusos que a diario se producen en el mundo y que causan verdadero terror. Es lo humano y lo más débil lo que se encuentra en peligro, lo que se trata como un instrumento o un objeto de divertimento. Se maltrata la sacralidad e inviolabilidad de la vida humana, que corrobora la Declaración Universal de Derechos Humanos, y no pasa nada. Desde luego, es evidente que en semejante situación cultural, el ser humano se siente maltratado, pero no puede salir del sistema que le manda producir y disfrutar a tope, en parte porque le falta tiempo para pensar, meditar y ver que todo ha de estar subordinado al individuo y no al revés.

Lo importante es el ser humano, la humanidad del ser humano, y saber que en cada niño nace esa humanidad, que en cada joven vive esa humanidad, y que en cada anciano persiste esa humanidad. Es cuestión de estimular una renovada cultura que se interese más por lo humano, por aquello que le ocurra a cada persona, para que no le resulte ajeno y lo considere como propio. Lo vulgar es el maltrato. Lo culto es ponerse a estudiar el libro de la humanidad e intentar descubrir en él lo mejor de sí. Se puede conseguir, en el momento que cada uno de nosotros seamos más corazón que cuerpo. En cualquier caso, la mejor manera de contribuir a la humanización será no resignarse a perder la identidad. Sería paradójico no hacerlo y que nosotros fuésemos nuestro peor enemigo. Algún día, un tribunal, con jurisdicción universal, tendrá que juzgar a esa humanidad que ha dejado libre a los activistas de la cultura del maltrato y, sin embargo, ha encerrado a los primates en zoológicos.

Víctor Corcoba Herrero/ Escritor

corcoba@telefonica.net

12 de junio de 2011


10 de junio de 2011

LEIMOS Y COMPARTIMOS


¡CUIDADO! NIÑOS TRABAJANDO

¿Sanción o contención?

Por Ivana Fischer

Tomado de la Revista

San Pablo On Line

Los ves por la calle, venden flores, diarios; te ofrecen estampitas; con trapo y un baldecito en mano, limpian parabrisas cuando el semáforo se pone en rojo… Esa es la cara de la ciudad que los funcionarios no quieren ver, y muchos de nosotros, tampoco.

En diferentes sociedades, los niños salen a trabajar con sus familias, pues, con el trabajo de los mayores, a veces, no alcanza: de esta manera, los acompañan en tareas artesanales, en ventas callejeras o en agricultura. Pero también está “la otra cara”, la de la explotación.

¿Qué les espera a todos los menores que, día a día, tienen que salir a las calles a ganarse unas monedas?, ¿así será el resto de sus vidas?, ¿dónde queda el juego propio de la niñez?, ¿dónde están las escuelas necesarias para su enseñanza y enriquecimiento como seres humanos?, ¿quién les garantiza la protección médica o social? Son preguntas sin respuestas para estos miles de niños y niñas que trabajan y que conocen más de violencia verbal, física o psicológica, e incluso, de abusos sexuales, que de juegos, dulces, parques, diversión y amor. Las condiciones de desarrollo de estos menores están relacionadas con una sistemática violación a sus derechos humanos, que el Estado no ha sido capaz de garantizar.

Los niños que son víctimas de la explotación infantil tienden a aislarse de la sociedad, afirma Luis Orellana, psicólogo de la Defensoría de la Niñez y Adolescencia: “Ellos, a diferencia de otros niños, suelen comportarse agresivamente, y esto se da porque, al realizar cualquier tipo de trabajo comercial, ellos se han enfrentado a personas que los han tratado agresivamente, los han ignorado y hasta los han humillado. Estas acciones originan, en los niños, inseguridad, resentimiento y, hasta a veces, agresiones contra sí mismos, al pensar que no están haciendo bien su trabajo; por otro lado, estas situaciones también los vuelven más fuertes, más inmunes al daño que pueda causarles la sociedad.

Iniciativas con “carita feliz”

Hay ONGs que han realizado un seguimiento muy minucioso de esta problemática y decidieron apostar por un trabajo contenedor. En muchos casos, “o no se puede o no se quiere” que los niños “dejen de trabajar”. Es así que la labor que llevan adelante varias organizaciones busca brindarles un poco de “seguridad”, en cuanto a su futuro se refiere.

Los NATs (niños, niñas y adolescentes trabajadores), en Bolivia, han fundado una asociación que, lentamente, adquiere forma de sindicato. Allí, los menores piden que se reconozcan sus derechos como trabajadores y, con ello, dejar de ser víctimas de explotación para ser tratados como un trabajador más, pese a ser niños, evitando, de este modo, la discriminación. Se reúnen regularmente y van profundizando los diferentes temas que surgen en el día a día de estos chicos. Asimismo, “se van capacitando y profesionalizando”, con el fin de dejar de sufrir la explotación.

Más cerca de nuestro entorno, hay otras experiencias positivas: por ejemplo, el de La Luciérnaga, una revista editada por la Fundación del mismo nombre, que, en la provincia de Córdoba, Argentina, ayuda y da una salida laboral a los chicos trabajadores de la calle. Este emprendimiento permitió crear “Pueblo Luciérnaga”, un hogar para los chico/as, con área educativa, de salud, jurídica… un comedor gratuito, al que asisten, todos los días, unos 120 chico/as. Además, cuentan con la colaboración voluntaria de un médico, una pediatra, un fisioterapeuta, dos odontólogos, una farmacéutica… En el área educativa, se efectúa un seguimiento escolar, y los "padrinos escolares" hacen su aporte económico para comprar los útiles que se les entrega todos los meses. El otro proyecto del área educativa consta de distintos talleres educativos, recreativos y de formación.

Una iniciativa inspirada en la anterior, en Paraná, Entre Ríos, logró lanzar larevista Barriletes, que no sólo refleja la realidad de los chicos de la calle, sino que también, con su venta, permite que 120 familias puedan paliar sus necesidades. "Con esto, tratamos de generar una alternativa laboral y no una forma más de asistencia", explican sus impulsores.

Carlitos Suárez tiene 8 años, es uno de los vendedores más conocidos deBarriletes y, retratado por Clarín hace un tiempo, dice que nadie lo supera. "Voy por las oficinas y se la ofrezco a todos", señala. El mes pasado tuvo un argumento de peso para convencer a quienes intentaron ofrecer resistencia. Les mostró la nota que le hicieron en la revista y, con su mejor sonrisa, no les dejó otra opción que comprarla.

Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: (…) El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo (Mateo 18, 2-5). Así expresa el Señor la importancia que tiene un pequeño para él. Contener, ayudar, no dejar atrás a nuestros niños es también ejecutar la obra de Jesús. Debemos ocuparnos y preocuparnos de que la explotación infantil se erradique. Un niño sin infancia será un hombre que no valore la fuente de la vida. ¿Cómo se sentiría usted, si, desde su más corta edad, hubiese vivido trabajando?